miércoles, 14 de mayo de 2008

El milagro de Catriel

Cuando nació mi hija no tuve ganas de hablar sobre otra cosa que no fuera el descubrimiento de la paternidad. Yo mismo notaba, en los ojos de todos, el cansancio de mi discurso baboso. Intenté controlarme, y prometí que sólo hablaría sobre el tema con la madre, y así lo hice durante el primer año. Después conseguí calmar el borbotón, al menos de puertas para afuera.

No es que ahora, de repente, tenga algo nuevo para decir. Todo sigue su curso con gran naturalidad. Se acabó la época de despertarse cada tres horas y del chupete, como le pasa a todo el mundo. Descubrimos, con alegría, que la Bebu no es un prodigio del ajedrez ni tiene otras raras habilidades prematuras. De hecho, lo que más le gusta es dormir y jugar. Tampoco voy a narrar pequeñas anécdotas habituales que sólo maravillan a los que están cerca, y que dejan al resto con una sonrisa falsa en la boca.


La miramos, y sospechamos que es feliz. Posiblemente sea lo único que nos importa en la vida.


Cuando estuvo a punto de cumplir dos años, pensé que se me iba de las manos, creí que la madre conseguía trabajo en Neuquén y se la llevaba. No fue así.


Yo siempre creí que una buena parte de mi felicidad infantil tuvo que ver con haber crecido en Catriel, y probablemente con que mi abuelo Quinto haya vivido en una chacra. Y más tarde, en la juventud, con haber ido a una escuela con los mismos compañeros desde el principio.


Le tengo un respeto irracional a la amistad temprana, a conocer a mis amigos desde la primera infancia. Con el Lucas tenemos recuerdos lúcidos, limpios, que tienen más de diez años. Y al Ricardo, que viene a mi casa durante la semana, le recuerdo la cara desde hace más de una década completita.


Con ellos no hay, no existe, la posibilidad del aburrimiento. Sólo claridad y placer. Llega un punto en que la serenidad es tan enorme, y la conversación tan fluida, que es complicado, más tarde, no confundir una charla común con un pensamiento en solitario.


Cuando cumplí veinte y me fui a Rosario (una ciudad preciosa, pero inmensa) entendí que la amistad de las grandes "cities" era menos antigua y más frágil. Quizás, porque los amigos infantiles se perdían en la maraña, y los amigos nuevos se habían conocido de grandes. Los chicos de las ciudades numerosas hacen el jardín en un barrio, la primaria en otro, el secundario más allá… Se pierden el rastro, cambian mucho de colectivo. El tango Tres amigos da fe de esta desgracia:


¿Dónde andarás, Pancho Alsina?
¿Dónde andarás, Balmaceda?
Yo los espero en la esquina
De Suárez y Necochea.

Hoy ninguno acude a mi cita.
Ya mi vida toma el desvío.
La guardia vieja me grita
¿Quién ha dispersado aquel trío?


Pobre cantor de Buenos Aires: sus amigos también habían cambiado de colegio... Pero no les pasa a todos, claro. Algunos tienen la suerte de la perseverancia, o del anhelo, o de la casualidad, y entonces hay reencuentros felices. Pero son los menos. En general, el medio ambiente de las capitales no ayuda a la germinación de la amistad temprana y para siempre.

Y después está el asunto del pasto. Y el asunto del río. Y el asunto de los aromas. Crecer en "pueblitos" como el nuetro tiene algunas desventajas (la antena de mi casa no sintonizaba TELEFÉ, por ejemplo) pero también produce un provecho lento que se descubre con los años. El olor de las lombrices cuando levantás la baldosa, el olor de la tierrita mojada 15 minutos antes que llueva, los barriletes de caña, pisar hormigueros y sentirse un dios malvado. Sentirse sucio, sentirse lejos de casa, desde el otro lado del Río Colorado.


O la multitud de madres y padres. Eso también. La cercanía de las casas de los amigos te convierte, también, en hijo de otra gente. Y te ayuda a querer a otros padres (que son otros mundos), a conocerlos en la intimidad y en la sobremesa. Raul y Nené son hoy, para mí, lo que mi vieja y mi viejo son para el Lucas. También Fernando y Susana, los padres del Ricardo. Otros ojos que nos vieron crecer, y siguen allí siempre. Y otras habitaciones, y otros estofados.


Entonces, me quedo en Catriel, este pueblito que tiene sus cosas, pero es Catriel. Mi casa queda en el barrio Preiss, pura tierra, mi hija vive mas cerca del centro, pero vuelvo a lo mismo, estamos en Catriel y ESO no tiene precio. La Bebu vuelve sucia del jardín. Mi vieja la saca a comprar con mi hermana. Sus amigos del cole tienen padres que son de acá, de toda la vida. Cuando llueve hay barro, y hay silencio. Y también se siente el olor a torta fritas.


Claro que la ecuación no tiene por qué funcionar como una magia. Vivir en un pueblo no es la receta de ninguna felicidad, ni tampoco las grandes ciudades escupen moldes de chicos tristes. Pero hay algo, en mis propios recuerdos de la infancia, que me lleva a repetir el idéntico camino de una esperanza. Es como plantar una semilla en tierras propicias. Hay egoísmo en todo esto, porque solamente puedo relacionarme profundamente con personas que han tenido una infancia feliz. Y eso no tiene nada que ver con la geografía. Solamente es suerte. Pero yo quiero ser amigo de la Bebu, cuando seamos grandes.


Supongo que los padres que han sido felices con la riqueza pretenden hijos que aprendan pronto a sumar y multiplicar. Y los que han sido felices con la música hacen lo posible por darles a los suyos un entorno lleno de pianitos. El amor funciona de ese modo. También la voluntad y el deseo. A mí me tocó ser feliz gracias a que conversé toda la vida con la misma gente. Todo lo bueno que me pasó y me pasa tiene que ver con ese destino no buscado.


Por eso, cuando la Bebu vuelve del jardín todos los días a las seis, la veo entrar a casa y le pregunto si jugó con los chicos, le pregunto cómo se llaman sus más mejores amigos, quiero saber si se divirtió como un chancho en el patio.


La pregunta es otra, por supuesto. La pregunta verdadera es:

—¿Sembraste muchos lucas esta mañana, Bebé? ¿Le pusiste agua a todos tus ricarditos?


Ella me dice que sí, por suerte. Siempre me dice que sí. Y yo cruzo los dedos para que sea verdad y entonces, un día, a ella también le ocurra el milagro.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

qe lindo esto!
yo creo que a la mayoria
de la gente que vive en
catriel...siente esto.
no hay como el pueblo y
ese olor a torta fritas
despues de la lluvia..
el silencio..los pajaros..

Anónimo dijo...

muy buen monologo te felicito! pero pasan otras cosas tbm..Y ahora que la jara le pego a una chica y pobre fallecio el 17 de mayo que tienen para decir???? q mas esperan que pase?? y encima la jara embarazada! como Dios puede darle hijos a estas personas!!?!?!

Anónimo dijo...

jojojo..
bajon si paso eso.
pero, por un lado mejor..
hay qe calmar a la
negriita esaa..si no la
calman, la van a agarrar un
par qe ya se cansaron y no se quien va al
cajon eh.

Anónimo dijo...

Hola
muy claritas tus expresiones, hasta contagian...esas son las carísimas cosas de la querencia. La nostalgia, la fraternidad, la esperanza son sentires que provoca Catriel.
con respecto a los comentarios de "anónimo" sobre la violencia en el pueblo, me parecen fuera de lugar...seguramente hay o habrán espacios en algún blog, o en este mismo donde sea apropiado hablar del tema...pero no es el momento
aquí.
Abrazos de gol

S

Anónimo dijo...

te pasaste con lo que escribiste,
tengo un bebu tmb, y lo que mas quisiera es que añore las cosas buenas de su entorno, lo que me anima a buscar las que añoro yo tmb, porq a veces se nubla mucho en catriel, se llena de estas pueblerinas nubes molestas..
te felicito, es un texto excelente

Anónimo dijo...

hace 4 años llegue d mza a catriel, traido x el sonido d los pajaros, el olor fresco del campo y principalmente x la rompe bolas d mi mujer. me gusto en un principio, pero como a el le paso en rosari a mi me paso aca, empece a extrañar los amigos q aun esando en otras escuelas siempre nos juntabamos para hacer el picadito de los sabados x la tarde, el kilombo d autos y colectivos en el centro, bueno en fin todo lo q tiene una ciudad y q no hay aca. El punto es q ahora me vuelvo a mi ciudad x q entre la nostalgia y el exceso d tranquilidad me van a volver loco. igual agradesco a catriel el buen trato q me dio.

Anónimo dijo...

porque no decis que te llamas damian erxilape, que te dabas a conocer como CHUCKY sacandole el cuero a todo el mundo en blogs de baja categoria sin dar la cara hasta que hackeamos tu blog..expusimos quien eras y te quisieron cagar a trompadas ? (no m sorprende q sigas siendo una basura..)

poetnight