"Las jodas telefónicas eran tan antiguas como el teléfono. Había una gran variedad de métodos, pero casi todos tenían como objeto molestar a un interlocutor desprevenido; sacarlo de las casillas, desubicarlo. Con el Huguito Landeros nos convertimos en expertos cuando promediábamos el secundario. Éramos magos al teléfono. Pero entonces ocurrió una desventura que nos obligó a abandonar el profesionalismo. Una historia que aún hoy nos recuerda que llevamos la maldad dentro del cuerpo.Empezamos, como todo el mundo, siendo chicos. Cuando los teléfonos eran verdes, a disco y de Cotecal. Las primeras jodas infantiles siempre tienen como víctima a personas que se apellidan Gallo o Paredes (nadie sabe por qué, pero es así). En la guía telefónica de Catriel había nueve y los llamábamos a todos, uno por uno.
—Hola, ¿con lo de Gallo?
—Sí —decían del otro lado.
—¿Está Remigio?
—Acá no vive ningún Remigio.
—Disculpe, entonces me equivoqué de gallinero —y cortábamos, cagados de la risa.
Existían docenas de estas bromas básicas, y siempre nos las copiábamos de hermanos mayores o primos que ya se dedicaban a otras más elaboradas. Como se comprende, las primeras incursiones en el oficio buscaban sólo la propia risa: una carcajada limpia que no causaba grandes molestias a la víctima.
Ah, ojalá nos hubiésemos quedado en ese punto muerto de la infancia, donde no existen la maldad y la culpa. Pero no: debíamos avanzar, y avanzamos.
En los pueblos chiquitos como Catriel siempre circulan¡ban rumores, informaciones y datos sobre la existencia de vecinos propicios a las jodas por teléfono. Vecinos a los que llamábamos ‘calentones’. Se trataba de una clase de señor mayor que, ante una broma telefónica, desataba toda la fuerza de su ira y era incapaz de colgar el teléfono. Alrededor de los diez o doce años, nos llegó una información de primera mano: había que llamar al señor Toledo y decir la palabra clave, que sería como gritarle "pitojuán!" en plena avenida San Martín al pitojuan.
—Hola, ¿hablo con lo de Toledo?
—Sí.
—¿Está “cornetita”?
Ésa era la contraseña para que el señor Toledo, que tenía la voz aguda y finita, comenzara a insultarnos con frases llenas de palabras groseras, gritos desopilantes y desenfrenados. Nos poníamos el Huguito y yo en el mismo auricular e imaginábamos a Toledo en su casa, en calzoncillos, con los cachetes de color borravino y sacando humo por las orejas. Cuando, a los diez minutos, su voz perdía la fuerza y sus pulmones el aire, sólo era necesario decir “pero no se enoje, cornetita” para que todo comenzara otra vez. Era lo mejor.
Pero el niño crece, y con él madura también la ambición, el chamuyo y —aún dormida— gana forma la maldad. Con el Huguito no tardamos en aburrirnos de invisibles Gallos, Paredes y Toledos, que sólo eran voces detrás de un cable, y nos pasamos al nivel de las jodas en tres dimensiones, que tenían como víctimas a sujetos presenciales.
A las siete de la tarde, el pelado de enfrente comenzaba a cerrar su negocio para volver a casa, sin haber vendido nada en cinco horas de aburrimiento. Nosotros podíamos verlo, resignado, desde la ventana del comedor. Cuando el pelado bajaba la persiana pesadísima del local, justo antes de poner el candado, lo llamábamos por teléfono. El pobre hombre, que no quería perder una venta, se desesperaba y abría otra vez la persiana, corría hasta el fondo del negocio y, al quinto o sexto timbre, decía jadeante:
—Mueblería, buenas tardes.
Colgábamos.
Al rato lo veíamos otra vez, humillado y vencido, cerrar la persiana gigante; le costaba el doble. Su vida era una mierda, se le notaba en los ojos y en la curvatura de la espalda. Entonces el pelado escuchaba otra vez el teléfono dentro del local. “Si es el mismo que llamó antes, es porque quiere un sillón con urgencia”, pensaba el comerciante, y otra vez le bombeaba el corazón, y otra vez levantaba la persiana, otra vez corría hasta el fondo, y otra vez decía ‘Mueblería, buenas tardes’, con un hilo de voz.
Colgábamos. Colgábamos siempre.
Un día repetimos el truco tantas veces, pero tantas, que al enésimo llamado falso el pelado no tuvo más remedio que decir ‘Mueblería, buenas noches’.
Hubiéramos seguido así hasta el final de los tiempos, pero un año después nos dimos la jeta contra el futuro. Al primer llamado, el pelado sacó del bolsillo un ladrillo con antena y dijo “hola”. Se había comprado un inalámbrico.
La llegada de la tecnología, antes que abatatarnos, nos ofreció nuevos métodos de trabajo. Cuando en casa tuvimos el segundo teléfono (uno con cable, otro no) con el Huguito inventamos la telefonocomedia, que era una forma de joda a dos voces con receptor pasivo. Consistía en llamar a cualquier número y hacer creer a la víctima que estaba interrumpiendo una charla privada.
VICTIMA: —¿Hola?
HUGUITO (voz de mujer): —...claro, pero eso es lo que te gusta.
VICTIMA: —¿Diga?
YO (voz masculina): —Lo que me gusta es chuparte el culo.
HUGUITO: —Mmmm, no me digas así que me se ponen las tetas duras.
VICTIMA: —¿Quién es?
YO: —Yo lo que tengo dura es la poronga, (etcétera).
El objetivo de este reto dramático era lograr que el interlocutor dejara de decir “hola” y se concentrara en nuestra charla obscena, como si se sintiera escondido debajo de una cama de hotel. Cuanto mejores eran nuestras tramas, más tardaba la víctima en aburrise y colgar. Una tarde, después de diez minutos de telefonocomedia, una de nuestras víctimas comenzó a jadear, y nos dio asco.
Con dieciséis años, o diecisiete, ya podíamos considerarnos profesionales del radioteatro. Habíamos ganado en pericia escénica, en impronta y, sobre todo, en naturalidad de reflejos. El Huguito y yo faltábamos a las clases matutina de gimnasia con el Principito y nos encerrábamos en casa con dos o tres teléfonos, un grabadorcito Sanyo y algunos elementos para generar sonidos de lluvia, de tráfico, de incendio, de viento. También teníamos a mano claras de huevo, por si era necesario cambiar los matices de la voz.
No nos hacía falta hablar entre nosotros: nos comunicábamos con gestos y miradas, como locutores de radio detrás del vidrio. Hacíamos magia. Éramos capaces de mandar a un desconocido a la Municipalidad a buscar un impuesto inexistente, seducir a la secretaria de un médico hasta enamorarla, hacer sonar la sirena de los bomberos en el momento que se nos ocurriera y convencer al kiosquero del Andrea que estaba saliendo en directo por FM Alas.
Nos creíamos dioses, y quizás por eso tocamos fondo en la cumbre de nuestra gloria.
II.
Promediaba el año noventa y seis. Lo recuerdo porque ya usábamos relojes digitales para cronometrar nuestras hazañas. Era de noche y mis viejos no estaban en casa. Hacía horas que, con el Huguito, jugábamos un juego apasionante: hacer durar a la víctima en el teléfono a cualquier precio. Cuando te convertís en un profesional de la joda volvés a lo básico, a lo simple. El mecanismo del juego era llamar a cualquier número y sacar una conversación de la nada. El reloj corría desde el “hola” y hasta el “clic” de cierre.
Esa noche el Huguito llevaba una performance ideal: había logrado una conversación de 17m 12s con una vieja, diciéndole que hablaba desde la tintorería. Tuvieron una charla divertidísima sobre el planchado en seco y acabaron cantando “Nostalgias” a dúo. El Huguito la paseó por donde quiso, con guiños magistrales y toques de genialidad. Era imposible que yo pudiera superar esa maniobra.
Tiré los dados. Me salió el 51706 (en esa época era esa la numeración que nos daba Cotecal). Marqué el número. El Huguito tenía el cronómetro en la mano y me miraba cancherito. Cuando la voz de una vieja dijo “hola” comenzó a correr el segundero.
Yo había desarrollado una técnica, una marca de la casa, que sólo usaba en momentos clave. Era un sistema muy arriesgado que consistía en poner una voz masculina estándar, atónica, pausada, y provocar que la víctima adivinase mi identidad. Aquella noche, en la que sería la última joda telefónica de mi vida, utilicé este método.
—¿Quién habla? —preguntó la vieja después de mi “hola”.
—Lo que faltaba —dije— ¿Ya ni de mi voz te acordás?
Eso era un peón cuatro rey. La apertura clásica. Generaba del otro lado sensación de familiaridad. Siempre hay un sobrino que ha crecido y le ha cambiado la voz, o un ahijado; siempre.
—No sé —dijo la vieja—. ¿Con quién quiere hablar?
—¡Con vos, boluda!
Jugada arriesgadísima. Yo estaba sacando la reina al medio del tablero. Muy poca gente del entorno de una vieja le dice “boluda”. Pero si quería superar el tiempo del Huguito, tenía que actuar como un kamikaze. Funcionó:
—¿Daniel! —dijo ella, en ese tono intermedio entre la interrogación y la exclamación. El tono se llama “deseo”.
La entonación del nombre propio me dio un millón de pistas. Daniel no era un sobrino, ni un ahijado, porque el grito de la vieja había sido estremecedor. No podía ser más que un hijo. Posiblemente, único. Y ese mismo dato me llevaba a otra cosa: el hijo vivía lejos y no era muy dado a llamar a su madre. Me tiré de cabeza:
—¡Claro, mamá! ¿Quién va a ser?
—¡Dani, Danielito! —sollozó la vieja, mientras el Huguito, en silencio, se sacaba de la cabeza un imaginario sombrero, rendido ante mi jugada.
Ahora, el tiempo corría de mi parte. Me fui a caminar con el inalámbrico, para que el Huguito no me hiciera reír con gestos. Él se quedó escuchando desde el fijo. En cinco minutos supe que Daniel vivía en el sur (“¿y hace frío ahí?”, preguntó la vieja en pleno septiembre) y también que la relación entre ellos no había sido, en los últimos años, muy afectuosa.
—Papá hubiera querido que estuvieses en su entierro.
—No es fácil, mamá. Hay heridas abiertas, la vida no es tan simple.
Supe que Daniel tenía una esposa, la Negra, y dos hijos. El más chico, Carlitos, no conocía a su abuela. Supe también que la ciudad en la que vivía Daniel era Caleta Olivia, y que trabajaba en una Petrolera. A los doce minutos de charla, cuando ya todo estaba encaminado para superar el récord del Huguito, la vieja empezó a sospechar algo, comenzó a hacer preguntas ambiguas, y tuve que improvisar.
—¿Pero cómo es que te escucho tan cerquita, nene? —quiso saber ella, y entonces no tuve opciones.
—Mamá —dije, sorprendido por mi crueldad—. Estoy acá, en la oficina del Andesmar.
Del otro lado escuché un silencio, y después un llanto contenido. Me di vuelta buscando los ojos del Huguito, que me miraba pálido. No sonreía. Yo sentí, por dentro, la pulsión de la maldad. La sentí por primera vez en la vida. Estaba en el estómago, en el pito y en el cerebro al mismo tiempo, como una santísima trinidad diabólica. Con un gesto, le pregunté al Huguito qué tiempo llevaba. 16 minutos.
—No llores, viejita —dije.
—¿Habías venido ya otras veces a Catriel? —me preguntó con la voz rota— A veces sueño que venís, de noche, y que no pasás por casa...
—No. No, no... Es la primera vez que vengo, te lo juro. Pero no quería aparecer así, de golpe. Por eso te llamé.
—¡Hijo! —gritó ella, desgarrada— ¡Colgá y apurate, vení, vení!
Casi 17 minutos, hacía falta algo más. Cuando supe lo que iba a decir, mi puño izquierdo se cerró. Ahora creo que la maldad ya me había invadido. Creo que no era yo el que hablaba. Eso que no sabemos qué es, eso que nos hace humanos y horribles, ahora estaba enquistado en mí y yo era su marioneta.
—Tengo que hacer un par de cositas antes, y después voy a casa —dije—. Escucháme, mamá. ¿Me hacés canelones? Estoy muerto de hambre.
—Claro, Dani.
—Siempre extraño tus canelones.
—Apurate, yo ahora te hago.
—Un beso.
—Chau, nene. Estoy toda temblando, apuráte.
Y la mujer colgó.
Lo miré al Huguito, que tenía la vista en el suelo. No me miraba, supongo que no podía verme a la cara. Ni siquiera se acordó de parar el cronómetro, así que tampoco supimos quién ganó. Estuvimos un rato largo en los sillones, sin decirnos nada. Media hora más tarde entendimos que en alguna parte de Catriel había una casa, que en esa casa había una mesa, y que en esa mesa ya humeaba un plato caliente.
6 comentarios:
si esto fue verdad, fue escrito de una manera muy particular...no cualquiera me hace llorar, y este texto realmente lo hizo, es triste darnos cuenta de que ya no somos unos niños cayendote a un avismo, y no simplemente tropezando, pero hay una gran moraleja en esta historia, que cuando los padres nos dicen que no lo hagamos no debe hacerce...todavia pienso en esa pobre mujer,que espera a su hijo,evidentemente tenes una personalidad con uno de los peores defectos,que es el de la competitividad,y es bueno tener competitividad siempre y cuando sepas cuando frenar y y priorisar cosas antes que la victoria, y si realmente tubiste el valor de hacer esa broma sin la minima intencion de hacer daño, yo te ofresco un reto,y es que el dia de hoy, vallas a la casa de esa anciana y le digas lo que sucedio, y hagas que esa anciana se olvide de que tiene un hijo al que no ve hace mucho tiempo,y si esa anciana ya no vive aca, visita su tumba llevale flores y demostra lo arrepentido que estas,esto te daria mas que una victoria en la que quedarias como el mejor solo en frente de un amigo tuyo,esto te daria la victoria de que queres ser mejor persona y queres realizarte tmb como persona, es solo un consejo de alguien que hoy piensa en esta ancianita y que piensa en el tiempo que esa anciana todavia espera a su hijo que nunca llego con los canelones frios sobre la mesa,y su rostro bañado en lagrimas...
Si que se yo...el comentario anterior tiene razon flaco... pero que terrible hijo de puta que sos, me hiciste cagar de risa...ademas a esa edad, no somos tan conscientes de lo que hacemos.. saludos y muy bien estruturado el texto!
hola la verdad es que see pasaron en todos los sentidos, pero coincido con los comentarios anteriores...
son cosas que siempre hacemos y sin darnos cuenta herimos los sentimientos de cada ser...
pero me parece muy bien que reconoscan lo sucedido y asi aquellos que estan por hacer eso se den cuenta lo que pueden llegar a ocasionar. ahi es donde nos damos cuenta cuando nuestros padres nos dicen tal y tal cosa...
la verdad te super "felicito"
sos un idolo...
yo karen...
Exelente!! esto ayuda a entender q aunque nosotros estemos bien o no...en otros hogares siempre hay alguien que esta mal..muy bueno
que tiempos esos cuando noo existia el identificador
jajaja
un dia marqué mal un numero sin querer, queria llamar a la radio brisas, y me di cuenta que lo marque mal despues del segundo tono
asi que corté al toque, pasaron dos segundos
y llama una vieja, caliente porque habia marcado su numero y cortado, jaja, "alguien estaba llamando de ese numero?" laa me habia re cagado, ni me la esperaba! habra sido el primer identificador de la ciudad!
me dio la impresion que la vieja se creia que tenia un arma o algo por estilo, como si el fin de tal aparatito fuera desenmascarar a los descarados que hacen sonar el tel y cortar por..diversion?
jaja
me quede pasmada y dije : nooo
geniales tiempos, aguanten los tempranos 90's
No se como mierda llegue a esta página....lo que si se es que vos y Huguito son terribles hdp jajaja.....con tu historia (si es real pobre señora) me imaginé a mi abuela Ana y a mi tío Daniel jajaja .....un abrazo. No se si alguien leerá esto pero tenía que hacer el comentario jajajajajaja
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